SOBRE NEUROLIDERAZGO Y FORMACIÓN DE LÍDERES

Por: Juan Antonio Giménez. Consultor de RRHH y colaborador del Instituto de Neurofeedback

Quienes ejercen una actividad profesional de forma eficaz poseen, sin duda,  los conocimientos, habilidades y destrezas precisas.

Sus competencias son el resultado de un proceso continuo de formación y aprendizaje que se lleva a cabo en diferentes etapas de desarrollo y en muy diversos escenarios: universidades, escuelas, empresas, laboratorios,  centros especializados, etc. Es el caso, por ejemplo, de médicos, psicólogos, abogados, profesores, ingenieros y arquitectos. Sin embargo, cuando pensamos en los líderes de empresa cabe preguntarse: ¿cómo y dónde se aprende a liderar?

Ciertamente,  los líderes no ejercen una profesión ni poseen un título de liderazgo al que acceden  previos estudios ad hoc. Los líderes  realizan una actividad profesional que requiere en quien la ejerce y según el medio donde se ejerce  un dominio de competencias. Unas de índole general y otras específicas. ¿Se pueden aprender? ¿Cómo se aprenden?  ¿Dónde se aprenden?

Sin pretender ser prolijos, compartiremos con el lector que existe una amplia oferta de  iniciativas  que facilitan dar respuestas a estas preguntas. Desde hace muchos años cualquier directivo tiene la oportunidad de acceder, de forma presencial, semi-presencial u online,  a cursos, seminarios y  másteres sobre liderazgo.

A estas ofertas de formación, llamémosles convencionales, se ha sumado últimamente una nueva tendencia: los cursos de Neuroliderazgo.

Neuroliderazgo

Realmente, ¿qué es neuroliderazgo?, ¿de qué tratan estas propuestas formativas? ¿Es otro tipo de liderazgo?; ¿una teoría sobre el comportamiento de los líderes?; ¿moda oportunista?; ¿quizás marketing educativo?

En los últimos años, la compleja morfología, estructura y  dinámica del cerebro están siendo foco de atención científica crecientemente mantenida, que ha generado importantes descubrimientos, que se añaden a los preexistentes, sobre  los mecanismos que explican el funcionamiento de nuestra mente. Dichos conocimientos, integrados de forma multidisciplinar  e interdisciplinar a través de ciencias como la Psicología, la Medicina, la Antropología, la Sociología, la Farmacología  o la Economía, constituyen  un nuevo cuerpo de conocimientos que conjuntamente denominamos Neurociencia.

De modo inverso, cuando los postulados específicos de una ciencia  pueden ser enriquecidos por  los descubrimientos que se obtienen a partir de los métodos de trabajo e investigación de la Neurociencia,  esa particular ciencia adquiere  el calificativo de neurociencia. Hoy identificamos como neurociencias a  la  Neuropsicología; la Neurociencia cognitiva; la Neurobiología; la Neurofisiología; la Neuroquímica, la Neurofísica; la Neuroeducación  o  la Neuroeconomía, entre otras.

En esta Neurocultura (Francisco Mora, 2014), en la que lo relativo al cerebro impregna  áreas crecientes y diversas de conocimientos científicos y tecnológicos, emergen nuevos conceptos que al incluir el prefijo “neuro” en su definición adquieren una naturaleza y significados diferenciales. Tal es el caso del Neuroliderazgo.

Neuroliderazgo  como término es un neologismo que enfatiza la importancia que tiene conocer el funcionamiento del cerebro, sus características morfológicas  y la dinámica de los procesos mentales cuando se estudian las conductas de  liderazgo.

Neuroliderazgo es una nueva visión del liderazgo que encuentra a la luz de los descubrimientos sobre  el funcionamiento del cerebro, la base de muchas de sus preceptos.

Neuroliderazgo  como nueva área de conocimiento,  implica el desarrollo de un cuerpo de saberes  que está fundamentado  en todo cuanto  ha sido  hasta ahora objeto de estudio e investigación en el campo del liderazgo individual y organizacional y, además, en los conocimientos verificados de determinados procesos cerebrales que se vinculan con  conductas relevantes de los líderes. ¿O mejor neurolíderes?

Una conducta en neuroliderazgo: decidir

El conocimiento de cómo funciona el sistema nervioso en general y el cerebro en particular, abre hoy una ventana de  fundamentación y comprensión de la conducta humana, y por ende de la conducta de los líderes.

A modo de ejercicio que nos ayude a comprender el alcance  del neuroliderazgo, imaginemos una conducta siempre presente en cualquier acción de liderazgo: decidir.

Si afirmamos que todo líder efectivo debe tomar  las decisiones tácticas y estratégicas precisas para salvaguardar en todo momento la rentabilidad de su empresa, estaremos de acuerdo en que inmediatamente  surge la necesidad de conocer cómo se puede lograr o mejorar  tal capacidad.

Hasta ahora hemos respondido  a esta necesidad aprendiendo a analizar variables; a aplicar criterios lógicos y racionales  en el análisis de situaciones; a identificar los aspectos favorables y desfavorables presentes en cualquier decisión;  a discriminar entre factores de distinta importancia; o a seguir  praxis de probada validez en otros casos iguales o similares.

Está bien, así hemos aprendido a mejorar nuestra capacidad  para decidir, pues todos estos elementos formales son necesarios. Pero ahora además estamos en condiciones  de añadir a nuestro aprendizaje anterior  información, por ejemplo,  sobre cómo se producen en el cerebro  los procesos cognitivos y emocionales asociados con la toma de decisiones y extraer de esta información un incremento de la  eficacia decisional: el funcionamiento del cerebro nos enfrenta con muchas de nuestras creencias previas que pueden resultar equívocas y que nos obligan a  cambiar algunos paradigmas sobre la conducta del ser humano ante los hechos decisorios. Uno de estos cambios está vinculado con la preeminencia de los factores emocionales sobre los lógicos-racionales en las decisiones económicas. El líder rationalis  de ayer  es el  líder emotionalis  de hoy, con todas las consecuencias que este cambio de visión supone. Otro, no menos transcendente, es el papel fundamental del inconsciente en las decisiones humanas.

El tránsito del concepto liderazgo al de neoliderazgo es importante, al menos por tres motivos.

Primero, porque permite fundamentar conocimientos teóricos y empíricos vigentes del liderazgo  con descubrimientos de la neurociencia cognitiva.

Segundo, porque muestra evidencias científicas  que iluminan aspectos hasta ahora desconocidos sobre la conducta humana, en general y de los líderes en particular.

Tercero,  porque puede hacer más efectivas las  iniciativas de desarrollo del liderazgo y el aprendizaje de sus competencias asociadas.

Aunque queda por delante un largo camino no exento de dificultades para correlacionar de forma efectiva el conocimiento que poseemos sobre el cerebro humano y las conductas de los líderes…el cerebro sigue enseñándonos. ¿Aprenderemos?

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